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Abriendo las puertas

Ha llegado el momento.
Las puertas ahora casi herméticas
es hora de que se vayan abriendo.
 
Quiero dejar ver un poco
lo que llevo por dentro.
Nadie entra en casas cerradas
y cuesta hacerlo en las abiertas.
 
Pero las puertas entreabiertas,
¡qué tentación!, ¡qué deseo!
 
Sí, quizá este sea el momento
de volver a escribir lo que siento.
 
Ramón, Noviembre 2007
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Epitafio

¿Cómo decirte ésto? ¿Cómo explicar que aún te recuerdo? ¿Que siempre te añoro?
 
¡Ha pasado tanto tiempo!
 
He aprendido a vivir con tu ausencia, a alimentarme sólo de los recuerdos, a saborear cada una de tus palabras sin que me sepan a viejo.
 
Ha pasado mucho tiempo, tanto, que yo diría que todo, diría que ya no hay tiempo.
 
Ha pasado todo el tiempo, y ahora eso ya no importa, ya no duele; porque lo que hiere es la espera, y yo, esperar ya no espero.
 
Mi espíritu está en calma: yo diría que estoy muerto. Ya no siento el peso de tu ausencia, porque conservo tus caricias, porque me quedé con tus besos, porque congelé tu mirada, y aún me calienta por dentro.
 
Será así para siempre. Lo sé, lo presiento.
 
Epitafio
 "Miradlo, es él porque está con ella, y porque sin ella, no sería él"
 
 
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Historia de una borrachera

Creo que he bebido demasiado: estoy borracho. Se trata de una borrachera antigua, que lucha por convertirse en resaca, en ese momento en que percibes que ya se ha esfumado toda la euforia, y empieza a entrarte una nostalgia terrible envuelta en mareo, cansancio, y sueño.
 
A pesar de mi estado, recuerdo con nitidez toda la historia de esta borrachera. Es lo único que recuerdo. Empecé con una copa de vino, a secas, prácticamente en ayunas. Me costaba ingerirlo al principio, su sabor tenía asperezas que mi paladar se resisitía a entender, matices que no era capaz de captar, y un tono amargo al final que ya me avisaba de que no me convenía.
 
Sin embargo, pese a ese primer encuentro tan poco afortunado, al rato me sorprendí a mí mismo llenando la misma copa. Tal vez mi subconsciente había encontrado algo que ni mi paladar ni mi estómago habían sabido apreciar. No sé. Pero el caso es que mis labios se volvían a mojar con el mismo líquido, y mis sentidos se encontraban de nuevo alerta para captar todas las esencias, para descubrir nuevos efluvios, contrastes diferentes a los experimentados.
 
Esta vez fue mucho mejor. El aroma del vino entraba por la nariz, y ya no picaba, el fluido se deslizaba por mis papilas gustativas, acariciaba mi paladar y entraba suavemente por la garganta, sin rastro de aquella amargura inicial. La frecuencia de los sorbos aumentaba, como un diálogo fluido incrementa su intensidad y su pasión, y con ella la compenetración entre la bebida y el bebedor se perfeccionaba.
 
Eramos casi la misma cosa. En cada sorbo, en cada copa, nuestra pasión aumentaba, los ánimos se caldeaban. Yo quería más, cada vez más, no podía parar. Mi cerebro ya no funcionaba, ya no me advertía de los peligros, ya no tomaba ningún tipo de precaución, y yo me volcaba, una y otra vez sobre la copa, repitiendo mecánicamente los gestos.
 
No me dí cuenta cuando sucedió, cuando dejó aquel soberbio brebaje de excitar mis sentidos, y terminé tomándolo por tomar, como una rutina más. Porque mis papilas gustativas ya no eran capaces de apreciar su sabor, mi paladar estaba dormido, y mi garganta empezaba ya a rechazar el continuo paso del líquido.
 
Llegó un momento en que ya no quería beber más; el vino me seguía pidiendo, pero mi cuerpo ya lo rechazaba. Sentía cierto remordimiento por ello, temor a ser desagradecido con quien tan buenos momentos me había hecho pasar, pero cada sorbo me hacía odiarlo más.
 
Al final tiré mi última copa, para no tener más tentaciones de beberlo. La intensa pasión que había sentido ya no llegaba a la categoría de recuerdo, y sin embargo, una extraña nostalgia me invadía, entre los vapores del alcohol que poblaban mi cerebro y la angustia provocada por los mareos, por la sensación de no estar ubicado en ningún sitio, por la certeza de no pertenecer a ningún sitio, de no quedarme ya ningún objetivo en la vida, ninguna aspiración.
 
Y entonces, me puse a escribir.
 
¿Por qué se parece tanto una borrachera al amor? Tarda un poco en empezar, pero cuando lo hace es como un huracán que se lo lleva todo, un dulce que no puedes parar de comer. Y, de repente, te das cuenta de que todo está terminando, y cuando lo hace, tienes una terrible resaca que impide que pienses más allá de tu dolor de cabeza.
 
Las resacas terminan, y entonces las borracheras parecen no haber existido. Estamos preparados para volver caer.

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Recuerdos de otros mares

Hoy he ido a la playa. Tras varios meses aquí, mis últimas ocupaciones no me habían permitido acercarme a este mar tan distinto.
 
Me gusta pasear descalzo por la arena, dejar que sus múltiples granos acaricien las plantas de mis pies, y después mojarlos, permitiendo que las corrientes los recorran de arriba hacia abajo rítmicamente, como una melodía sin partitura.
 
Reconozco cierto temor a adentrarme en este mar; siento que no lo conozco demasiado bien. Es como un conocido que pretende ser mi amigo, y yo el suyo, pero todavía no hay la suficiente confianza para las confidencias. Dejo que sus aguas lleguen hasta mi cintura y me pregunto: ¿Serás tú capaz de traicionarme?
 
Y no puedo evitar recordar aquel otro mar que conocí de niño, al que contaba mis secretos, en quien confiaba mis amores, y con quien celebraba mis alegrías. A él sabía cuando podía acudir y cuando era mejor permanecer alejado de él. Sólo con ver los distintos tonos de sus aguas distinguía si tenía ganas de jugar con sus múltiples remolinos, o si tenía un arranque de amor posesivo los días de resaca, cuando el cálido poniente quería alejarlo de la costa.
 
Tal vez pueda ser alguna vez amigo de este nuevo mar, pero cuánto echo de menos a mi antiguo amigo.
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Compartir una noche especial

Llegadas estas fechas uno se siente tentado a recordar tiempos pasados, y es bien conocida por los que saben algo de mí la facilidad que tengo para caer en las tentaciones.
 
De mi carácter, más bien desarraigado, he dejado impronta en algunos de estos textos, especialmente aquellos que escribí contando los sucesos del año pasado por estas fechas. Hoy sonreía al recordarlo. Esa improvisación a la hora de preparar la comida de Navidad y sus imprevistas consecuencias hizo que este año esté mejor acompañado a la hora de celebrar la Nochebuena y la Navidad.
 
Todavía no sé muy bien si conseguiremos conjugar tradiciones rusas y españolas en estas tierras, ni si el vodka combinará bien con el turrón, pero la verdad es que, por primera vez en mucho tiempo me parecen fechas especiales.
 
Pero lo cierto es que, aunque me gusta la intimidad de esta noche con Liber, también me hubiera gustado compartirla con muchas de las personas que me han acompañado en este ajetreado año. Especialmente, Marisa, claro, pero también Vicente, Gloria, Cristina, Felipe, y sus parejas, y aquella chica que dejé en una estación, Marta, de la que no volví a saber nada.
 
También me gustaría compartirla con vosotros, que habéis compartido muchas de mis penas: Irene, Conchi, Milena, Hada, Hiroe, …
 
Este año ha sido diferente, y vosotras habéis contribuido a ello. Cuando alce mi copa para brindar, parte de mi alma estará con todos vosotros.
 
¡Feliz Navidad!
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Silencios

Silencio
       Silencio expectante.
              Silencio violento.
                     Silencio cómplice.
Silencio solitario.
       Silencio triste.
              Silencio de olvido.
                     Silencio condescendiente.
Silencio positivo.
       Silencio negativo.
              Silencio
                     ¿Nada?                   
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